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Maruja de doble cama

No puedo con Rufino...y adoro a Papuchi

Me desayuno con un cafelito y con vuestros comentarios. Pero sobre todo con el propósito, gracias a ellos, de empezar a ocuparme del formato, la redacción y demás, y como no, de evitar esas “erratas”, que nunca vulgares “faltas de ortografía”. “Word” mediante, lo iré consiguiendo.
Supongo que a vosotr@s os pasará lo mismo, no puedo con él, el azote de telecinco, la fea propaganda viva del Opus Dei y toda su “obra”. Rufi, Rufino de mi alma y de mi corazón. Este crack mediático hace crecer tanto la audiencia que se empeñan en que nos lo traguemos a él y a su mujer, una escoba peinada a lo Linda Evans, por la mañana por la tarde y por la noche…y nosotr@s, a languidecer con sus exabruptos. O sea, que a ver si empiezan a surtir de nuevos freaks la pantalla amiga y las demás. Por supuesto, os preguntaréis que me une con el infecto personaje. Pues si, estáis en lo cierto. Conocí a Rufino en un receso de la grabación de la gala de “La casa de tu vida”. Estaba yo con una amigisisisima de producción, cuando el enano del bigote se acercó, para nuestro espanto y empezó a farfullar algo sobre Nabor y Amneris. Mi amiga muy amable le ofreció unos kleenex para limpiarse el copioso sudor que le resbalaba por la frente. “¡No necesito pañuelo señorita, yo ya llevo mi propio pañuelo de tela, mire mire!”, y se alejó de nosotras, afortunadamente, buscando a Jordi González, ese presentador insulso y teledirigido donde los halla. Ahora tenemos que aguantar los llantos de esta familia en pleno, que si no pueden salir de casa, porque les insulta la plebe, y que no pueden hacer vida normal…Y digo yo, si no pueden salir de casa, pues que no salgan, ¿no? Nadie los va a echar de menos.
Todo lo contrario me ocurre con Papuchi, me encanta verle solazándose de su nueva paternidad tan “rara, rara, rara”. Entre Ana Rosa Quintana y él, el desafío de la ciencia es pura chorrada. Yo estuve a punto de ser Ronna. Quién me hubiera visto, si aquel día que Papuchi me pellizcó el culo en la sala Vip de aeropuerto de Palma hubiera cedido ante su insistencia. Sin embargo en aquel viaje preferí a uno de sus macizos guarda espaldas. “Que suerte tienes, coño”, le decía el doctor a mi hombretón…
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